Me llamo Héctor Eduardo Reglero Montaner.

Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos.
Salmo 139.16


Desde los dieciocho años adopté mi nombre artístico: Ricardo Montaner. Si hoy en día me afeito, me veo frente al espejo, quien se está afeitando es Ricardo. No se está rasurando Héctor. Adopté este nombre artístico y se convirtió en un nombre verdadero. Me identifico más con Ricardo que con Héctor. Me gustaría contarles algunas cosas que recuerdo de él antes de convertirme en Ricardo.

Yo nací en Buenos Aires, en la ciudad de Avellaneda, un 8 de septiembre de 1900… de 1900… bueno, de mil novecientos y pico. Viví los primeros años de mi vida en Valentín Alsina. Soy hincha de Independiente desde muy chico, igual que mi abuelo Laurentino. Al mismo tiempo viví en una calle llamada Portela. Si no me equivoco, el número era el 2230. Un número que hoy no existe en esa calle. Viví en una casa de vecindad. Esas casas donde viven varias familias, como la vecindad del «chavo del 8».

Esas casas eran habitadas por tres o cuatro familias. Nosotros dormíamos en la primera habitación que quedaba a la izquierda del pasillo. En ese cuarto estábamos los cuatro: mis padres, mi hermana y yo. A la derecha de la habitación frente al pasillo quedaba la cocinita. Teníamos que compartir el baño que quedaba del otro lado con otra de las familias. Cada vez que en la noche queríamos ir al baño recurríamos a la chata que teníamos debajo de la cama o de lo contrario teníamos que cruzar el zaguán.

En época de invierno todo era muy difícil debido al intenso frío. En los inviernos, mi madre me perseguía por toda la cuadra para agarrarme. Me escondía en casa de los vecinos con tal de no bañarme. Ella preparaba un fuentón en la mesa del comedor. Mamá lo llenaba de agua tibia, y allí nos bañaba a mí y a mi hermanita. Cuando crecí un poquito más tuve la posibilidad de bañarme debajo de la ducha.

Atendíamos a las visitas en el mismo lugar donde dormíamos. Nuestra habitación era comedor, sala, cuarto de juegos, dormitorio y baño. Era un cuarto multiuso. Miraba los Tres Chiflados puntualmente a las doce del mediodía, sentado en la escupidera. Aún recuerdo ese maravilloso olor… a esa hora ya mi mamá ponía el bife en la plancha, ya se acercaba la hora de comer.

Nada hacía pensar en los primeros años, según el mapa que me rodeaba, que mi vida iba a dar un vuelco tan extraordinariamente opuesto. Mucho menos que iba a convertirme en un ganador cuando tenía todas las fichas compradas para ser un muchacho sin mayores expectativas y sueños. Una de mis ilusiones era la de algún día subirme a un avión. Nunca, nunca había imaginado de chiquito que a los ocho años iba a estar subiéndome a uno. ¡Y era uno muy grande! Me llevé mi bolsillo lleno de piedras para viajar a Venezuela, jurando que podría tirarlas por la ventana. Antes de eso, a los cinco o seis años, mi papá consiguió la posibilidad de dar la inicial de un préstamo para comprar una casita muy pequeña en la avenida Pilcomayo y Quirno Costa, Caraza, Lanús Oeste. Eran calles de tierra, aunque Pilcomayo tenía asfalto.

Mi mayor entretenimiento era ir a jugar fútbol a una canchita que había en la esquina. También iba a pescar ranas en las zanjas, o me subía en el carro jalado por la mula que tenían en un corralón de enfrente donde vendían cemento y materiales de construcción. Ese era el mayor de mis entretenimientos. Caminaba hasta el colegio unas siete cuadras.

Papá y mamá pusieron una pequeña despensa, un pequeño almacén llamado: «Mi sueño». Con ese nombre la bautizó mi mamá. Ese era el sueño de mi mamá. Tener una despensa. Y de no haber sido porque Dios tenía otros planes que tenían que ver conmigo, aún estaríamos allí. Ahí se vendían fiambres, vino, empanadas, matambre, artículos de limpieza y al ladito había un kiosquito que atendía yo, en donde vendía lápices, borradores y cuadernos para todos los que estudiaban en un colegio cercano y que pasaban a comprar sus útiles. Después que llegaba todo roñoso de jugar en la zanja, a eso de las cuatro de la tarde, mi madre hacía que me bañara y salía al porche frente del almacén a comer mi alfajor Jorgito —una golosina formada por dos trozos de masa unidos con dulce de leche. En un terreno, a dos cuadras de ahí, había un estanque que era un tanque de agua abandonado.

Me apodere de él. Lo llené de agua y adentro hice mi propio criadero de ranas. Llegué a tener miles. Iba todas las tardes, lo destapaba, les echaba comida y lo volvía a tapar. Tenía un perro que se llamaba Poky.

Era uno callejero, que vivía dentro de mi casa. Poky se hizo mi amigo algún día de esos que fui a la zanja a pescar ranas. Él tenía el mismo pasatiempo que yo, pero era cazador de ratas por excelencia. Era uno de esos perros que en Venezuela llamarían «cacri», «callejero criollo». Lo bauticé como Poky. Dormía conmigo en mi cuarto. Ustedes se podrán imaginar cómo olía mi habitación, a cualquier cosa menos a la de un niñito. Poky me acompañó los días de resfriado, los días de invierno con mucho frío, con el calentador prendido. Me acompañaba a hacer los deberes del colegio. Lo salvé una vez del camión de la perrera que atrapaba los animales callejeros. Antes que le inyectaran gas a la carrocería de ese camión, logré salvarlo. Lo soltaron. Pero una vez, cuando tuve sarampión, Poky salió como siempre a la calle, y yo no estuve cerca para hacer algo que evitara que el camión se lo llevara nuevamente. Jamás lo volví a ver.

Mis tardes en la zanja y en el estanque nunca fueron iguales. Llegué hasta a perder la cuenta de las ranas que tenía. Creo que no me enfermé nunca más para evitarme la experiencia de no poder compartir con Poky la fiebre y la tos convulsa. De todos modos me habría tenido que separar de él y hubiera sido mi primera separación de un gran amigo. A menos de un año estaríamos mudándonos a Venezuela. Y Poki hubiera tenido que quedarse en el lugar donde lo había encontrado: en la calle.

¿Quién no cazó pajaritos con una caja, un palito y un rollo de hilo largo? ¿Quién no le puso miguitas de pan a la caja, para esperar que el pajarito se acercara? ¿Quién no pasó horas y horas interminables en tardes de verano esperando que el pajarito cayera? ¿Quién no cazó alguna vez un gorrioncito, para después dejarlo en libertad? ¿Quién no hizo algún día un barrilete o volantín? ¿Quién no intentó, sin éxito, alzarlo al vuelo? ¿Quién no se maravilló con su papá haciendo uno de verdad? ¡Un barrilete gigantesco, más grande que uno mismo! ¿Quién no salió alguna vez en verano, con una red improvisada, a cazar mariposas? Me acuerdo que yo quería fabricar perfumes y cuando lograba cazar una, intentaba fabricar un aroma pensando que las mariposas traían olores maravillosos por las flores que tocaban.

Inconscientemente alguna vez fui asesino de mariposas. Sólo basta con encontrarte con Dios para que todos esos episodios a los que jamás le diste importancia vengan a ti en bandadas, convertidos en cargos de conciencia. Hoy pienso en que maté alguna vez una mariposa para fabricar un perfume y me parece que de alguna forma agredí la creación de Dios. Y esto sirve de meditación a todo aquel que alguna vez, o que todos los días, agrede a la creación de Dios, con una mentira, con un desprecio.

Así pase esos años de mi vida, hasta que un buen día un amigo de mi padre llegó a la puerta de casa y le dijo: «Hay una oportunidad de trabajo para irnos a Venezuela». Mi papá, sin pensarlo dos veces, dijo que sí. Era un contrato por dos años para una empresa telefónica. A los dos años regresaríamos. Mi papá inmediatamente preparó sus papeles y se hizo el pasaporte. Luego sacó el de toda la familia.

Viajó a Venezuela primero en el mes de agosto. En el mes de noviembre, regresó por nosotros. Me subí al avión tal cual lo había imaginado siempre, como lo había soñado siempre. Me compraron un trajecito celeste. Y también llevaba una gigantesca enciclopedia sobre la geografía venezolana que me trajo mi padre de su viaje. Yo cargaba ese gran libro en las manos. Mi papá me dijo que si subía con un libro al avión, la gente me iba a ver como un tipo interesante, como alguien estudioso. Llené mis bolsillos con piedras, pero nunca calculé que no podía bajar el vidrio. Como éramos cuatro, me tocó sentarme en un asiento de pasillo separado de mi familia. Junto a mí, se sentó una señora que no recuerdo su nombre, pero sí que aprendí quizás una de mis primeras lecciones de vida. Ella trabajaba en el consulado de Argentina en Venezuela. Me tocó de vecina de asiento.

Me comenzó a hablar pero, debido a mi inseguridad, yo ni la miraba. Yo cargaba con esa vergüenza sin motivo aparente. Esa inseguridad la traía heredada. Esa inseguridad que me hacía tan parecido a todos a los que me rodeaban. Esa misma inseguridad no me permitía tener ningún tipo de expectativa. Hasta que en la mitad del vuelo parece ser que a la señora se le colmó su paciencia y me dijo: «Te voy a dar un consejo, cuando una persona te hable mírale siempre a los ojos. Si no miras a los ojos de la gente que te habla das a entender que no te interesa lo que están diciendo». Eso me sirvió como una lección de vida y hasta el día de hoy lo practico. Jamás, cuando habló con alguien, dejo de mirarle a los ojos. A lo largo de mi vida le he dicho a mucha gente: «Cada vez que alguien te hable, mírale a los ojos».

Llegamos a Venezuela, a Caracas propiamente, una mañana de noviembre. Un compañero de mi papá nos fue a buscar al aeropuerto, aún recuerdo mi impresión al atravesar los túneles que comunicaban a la Guaira con Caracas, también me impresionaron los ranchitos multicolores que forman los grandes cinturones de miseria de la Caracas de aquellos tiempos y de estos también. Nos instalamos en el hotel Kursal, de la Avenida Real de Sabana Grande, ahí viviríamos por más de veinte días. Mi primer almuerzo me impresionó mucho. Papá nos llevó a comer al restaurante del hotel —y por cierto, creo que fue la primera vez que comía en un restaurante. Nos dijo: «Deben conocer la comida venezolana», y viéndolo desde hoy hasta aquellos tiempos, me doy cuenta de que ahí comenzaría el primer cambio trascendental de mi niñez. Arroz blanco, caraotas [frijoles] negras, plátano [banana] maduro alrededor y un hermoso huevo frito cabalgaba sobre todo aquello. Argentino al fin, carnívoro por supuesto, con languidez le pregunté a mi papá: «Papá, ¿dónde está el bife?» A lo que respondió inmediatamente: «Debajo de todo eso. Este plato se llama bistec a caballo».

Al cabo de un mes, me instalé a estudiar en un colegio «privado» llamado Bernardet, y digo privado entre comillas porque no teníamos suficiente dinero para pagarlo y a mi padre le costaba sangre, sudor y lágrimas poder llegar a fin de mes para cumplir con la cuota. Aun cuando estaba contratado por una empresa multinacional, la plata no nos alcanzaba tanto como para pensar en lujos. Aunque mi vida empezó a cambiar geográficamente, seguía siendo el muchachito gordito de lentes sin demasiada expectativa de cambio. Mi mapa se mantenía oscuro y raro.

Corrió el tiempo, y ya vivíamos en Maracaibo. Estudiando en el colegio católico de los curas claretianos empecé a través de la música a destapar al verdadero Ricardo que había adentro; perdón, al verdadero Héctor —aún no era Ricardo. Se me empezó a quitar el miedo y por primera vez, a los catorce años, le dije a una chica que me gustaba, y por primera vez canté una canción en público. Me dediqué a tocar la batería y a hacer los coros en la iglesia claretiana. Poco a poco me levanté de la silla de la batería y comencé a cantar en público sin darme cuenta. Mi miedo escénico comencé a vencerlo a través de la música. Siento que ahí Dios comenzó a poner Su mano en mí. Yo venía criado con costumbres católicas no practicantes. Nunca íbamos a una iglesia; sin embargo, a esa edad, justo a los catorce, mi entrada en el grupo significó tener como mi segunda casa. Era donde ensayaba con mis músicos y, por supuesto, tocaba en los servicios. Ahí conocí a mi primera novia, y comencé a tener mis primeros síntomas de rebeldía o de protesta, por llamarlo de alguna manera. Es más, ahora concluyo que a esa edad son muchas las cosas que uno siente por primera vez. Es como si todo te llegara al mismo tiempo. Es como si tuvieras urgencia de descubrir el futuro restándole importancia al presente. Quieres
averiguar, quieres conocer y ahí es donde metes la pata.

Siempre oculté el hecho de no haber tomado mi primera comunión y aunque mi mamá estuvo pendiente de juntar la plata suficiente se fue postergando y ya lo sentíamos como muy tarde. Con catorce años un niño no toma la primera comunión, lo haces a los siete o máximo a los ocho años. Me daba vergüenza confesarlo. Si se enteraban me meterían en clase de catecismo y haría la comunión con los niños chiquitos y eso me hubiera dado mucho más vergüenza y hubiese alimentado mis inseguridades aun más.

Salíamos a los retiros espirituales con un cura llamado Ramón. Cuando llegaba el momento de la confesión siempre busqué una excusa para no confesarme porque no sabía cómo se hacía. No sabía cómo uno debía hacerlo, qué palabras tenía que decir y me daba miedo preguntarlo. El caso es que un día me obstiné de eso y decidí tomar la primera comunión por mi propia cuenta, sin hacer ningún curso especializado y sin hacer absolutamente nada. Como una de mis primeras señales de rebeldía me fui a otra iglesia y me paré frente al cura, y antes de levantarme del banco hablé con Dios y le dije: «Aquí voy. Siento el suficiente amor por ti como para querer compartir un acto tan hermoso como lo es la comunión». Lo que ahorita los cristianos llamamos la Cena del Señor. Me paré frente al cura, y me dio la hostia, que no era la misma que solía darme mi mamá cada vez que hacía algo que no le gustaba.

Mientras caminaba hacia el asiento, sentí una serie de cosas inéditas y al mismo tiempo una sensación de gozo extraordinaria, como de haber logrado algo por lo cual había estado frenado toda mi vida. A partir de ahí los domingos de misa en la iglesia me paraba y comulgaba. Nunca me motivó el hecho de confesar mis pecados a un cura y comencé a hablar con Dios en aquella época. Y le decía: «Si hice esto malo te lo confieso a ti, no tengo por qué ir a otra persona que me ponga penitencia haciéndome repetir como castigo el Padrenuestro». Se imaginan, me castigaban con la misma oración que el mismísimo Señor nos enseñó. ¿Curioso, no? El Padrenuestro era el castigo. Es decir, nos castigaban mandándonos a orar, ¡qué raro! Comencé a tener una relación con Dios a través de la música.

La gente siempre me ha preguntado por qué uso zapatos de goma con los trajes y por qué me presento siempre con mis tenis puestos. Y ahí comenzó… en esa época tocando en la iglesia. Veía que el cura debajo de su sotana vestía zapatos tenis, zapatos de goma. Y lo veía muy cómodo con su sotana dando el servicio, mientras a nosotros nos apretaban los de suela. Veía que él era bastante «rocanrolero» en ese sentido. Un día, por primera vez, me puse zapatos de goma para cantar en la iglesia, y como no me regañaron hasta hoy no me los he quitado. Ese cura influenció mi manera de vestir. Ese hombre sin darse cuenta también me hizo por primera vez preguntarme el porqué del celibato. El porqué un hombre tiene que negarse a la posibilidad de amar a una mujer y vivir en matrimonio, y la posibilidad de tener hijos y formar una familia. Eso me llamaba mucho la atención, no me hacía sentir muy bien. Yo no creo que uno ame más, o esté más cerca de Dios por el hecho de guardar celibato o vivir en clausura. Sinceramente pienso que el amor por Dios pasa por encima de eso. La base de cualquier comienzo, la base de cualquier sociedad es precisamente tener una familia. ¿Cómo era posible que esas familias de esos curas se truncaran ahí? Que no hubiese descendencia. No lo entendía. Como ejemplo menciono al apóstol Pablo —el de la Biblia— cuando escribió que era bueno estar como él, aunque no se sabe si era soltero, viudo o divorciado, lo dijo como sugerencia.

Como un estilo de vida para gente que como él se dedicaba a una noble tarea. Sus viajes eran extensos y con medios primitivos de transporte, por lo cual los tiempos y distancias se alargaban. No creo que lo haya dicho como una obligación. Unos años más tarde, este cura desaparece de nuestras vidas y lo encuentro poco tiempo después casado con una persona cercana a nuestro colegio. Hoy en día es un hombre casado, con una familia, con varios hijos y feliz. Con su vida muy cercana a Dios.

Quizás te estés preguntando el porqué de mi relato hasta aquí. Pues lo que te quiero decir con todo esto es que nunca me había imaginado que la vida podía dar tantas y tantas vueltas, como para traerme hoy a escribir un libro. Si hay algo que jamás pude presentir en mi vida es que iba tener la fortuna de sentarme frente a un jardín y ver el agua mientras escribo. Jamás pensé que Dios me había elegido de esta manera. Nunca imaginé que mi mapa de vida pudiera dar el vuelco tan radical que dio. Soy un ejemplo viviente de lo que Dios puede hacer con una persona. Si hoy en los Estados Unidos se puede tener un presidente negro, si hoy en la Argentina y Chile pueden tener presidentes mujeres, tú puedes ser precisamente lo que tus sueños quieren que seas. Para eso tienes que empezar por saber qué es tener un sueño. Debes tener uno. Luego que logras tenerlo, tienes que ir por él. Creo que los sueños se pueden comparar con las promesas de Dios... es cuestión de ir por ellos. Para que una promesa de Dios se cumpla, no puedes estar en tu casa esperando que llegue. Es lo mismo con los sueños, no vienen a ti, tú tienes que ir por ellos.

¿Qué hago yo aquí? Si no tenía ningún tipo de virtud que me hiciera diferente. ¿Por qué no me quedé viviendo en Monte Grande, como mis primos? ¿Por qué mi papá y no mi tío Alfredo, o mi tío Rodolfo, o mi tío Norberto? ¿Por qué yo encontré la posibilidad de grabar un disco? ¿Por qué reunirme con amigos compañeros de colegio, armar una primera banda y tocar en la iglesia? ¿Por qué haberme hecho padre a los dieciocho años? ¿Por qué haberme dedicado a la carrera que me dediqué si nunca estuvo en mis pensamientos cuando era chico? ¿Por qué Dios me eligió a mí? Aunque esté lleno de preguntas, todo eso me llena de satisfacción y es algo que no espero descubrir. Y que a estas alturas tampoco importa.

Yo creo que Dios tenía un propósito para mí y me lo ha ido haciendo saber. Creo que Dios tiene bien claro hacia dónde voy, aunque yo no lo sepa exactamente. Aunque reconozco tener una visión, muy probablemente no tenga el tiempo de verla concluida. Seguramente la visión de Dios acerca de mi vida me sobrepase. Tal vez hasta sobrepase mi propia generación. Lo que te quiero decir con todo esto es que, si a mí me sucedió, a ti también te puede suceder. No importa lo que te esté pasando hoy. No importa en dónde hayas nacido, ni el número de identificación que tengas. Tampoco importa si tu mapa de vida es uno caótico o uno lleno de éxitos. No importa si heredaste una fortuna o si heredaste los mismos problemas, los mismos traumas, las mismas debilidades de tu generación anterior. Nada de eso importa porque Dios es capaz de cualquier cosa. Dios puede hacer en ti lo que ni tú mismo jamás has imaginado. Dios puede tener un plan contigo del cual ni siquiera estés enterado. ¿Será que tengo hoy la posibilidad de darle un vuelco a mi vida y convertirme en otra persona totalmente opuesta a la que soy? ¿Será que tengo una oportunidad? ¡Sí que la tienes, como la tuve yo! Como la tiene cualquier otro. No importa si vives en un barrio pobre, si vives en una mansión colonial, tienes el mismo potencial para alcanzar lo que logré. Exactamente el mismo. No hice nada para merecerlo, pero Él me eligió a mí, como te puede estar eligiendo en este minuto que estás leyendo estas líneas.

Tú eres un elegido también. Basta con que decidas romper con todo yugo generacional, con toda herencia infructuosa, con todo sentimiento de perdedor. Convéncete de que Dios creó un universo de posibilidades para ti y que están al alcance de tu mano siempre y cuando lo quieras. Este no es un libro motivador ni es un libro sobre mejoramiento personal. Es, llanamente, la reflexión de un tipo que es exactamente igual a ti.

Un tipo que nació con las mismas y mínimas posibilidades de subsistencia en una vida con muchísimos problemas. Yo escogí el camino, pero Dios me puso en él. Dios me lo puso al frente y, probablemente, en este minuto también te esté poniendo al frente un camino; dependerá de ti tomar hacia la izquierda o la derecha.

Me llamo Héctor Eduardo Reglero Montaner y soy cristiano.