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La cima del cielo
Y bueno, ¿y ahora? ¿Cómo empiezo?
Tanto, tanto y tanto prepararme para este momento. Tantos lápices a mi lado con punta fina y papel suficiente para no tener ni siquiera una palabra que pueda dar inicio a esta extraordinaria aventura. Se me ocurre empezar por despejar una incógnita que tiene que ver con el título de una de mis canciones más acertadas: ¿Llegué a la cima del cielo? ¿Estoy en la cima del cielo? ¿Dónde queda esa cima de ese cielo? Tengo un pequeño botoncito que descubrí a un lado del corazón que se llama recuerdo. Voy a tocarlo a ver qué pasa…
Silencio absoluto, un enorme precipicio me hace volver al pasado…
De repente, me encuentro en el cruce de la calle 33 y la 7ma. Avenida de Nueva York. Estoy frente al Madison Square Garden y mi nombre parpadea en el gigantesco cartel exterior. Anoche estuve aquí —cuando nadie observaba— para mirar a solas ese cartel. Hoy no puedo hacerlo, debo escabullirme entre la gente que está entrando para verme.
Anoche, por un momento, mi memoria fue mucho más atrás aun, y no puedo decir otra cosa que: ¡Uau! ¿Quién me lo hubiera dicho? ¿Cómo iba a llegar yo aquí? En Maracaibo, el cartel más iluminado que había era el de «Casa Paco», un bar restaurante donde solía ganarme mis primeros bolívares, y ahora estoy parado aquí, frente al coliseo más grandioso del mundo, el Madison: «The Greatest Arena in the World». Por allí han desfilado los artistas más populares del planeta, como: Héctor Lavoe, Frank Sinatra, Jethro Tull, The Doors y la propia Marilyn Monroe, cuando le cantó el famoso «Feliz Cumpleaños, Señor Presidente», a John Fitzgerald Kennedy.
Diecisiete mil personas esperan en los asientos para verme cantar y puedo sentir el enorme peso de lo que esa responsabilidad significa para cualquier artista. Y sobre todo para mí, que vengo de cantar en taguaras —bares de lo peorcito— y ferias patronales, y en todos los festivales de provincia del Perú.
Allá por el 1979 y el 1980: Chiclayo, Ancón, Sullana, Papato y, el más importante, el festival de Trujillo. Esa fue mi escuela, ese fue mi conservatorio, la calle, la tarima, de allá vengo. Confieso que en otras ocasiones he tenido la dicha de estar en escenarios muy importantes como este: el Teatro Teresa Carreño en Caracas, el Auditorio Nacional en Ciudad de México, el Estadio Luna Park de Buenos Aires, el Coliseo José Miguel Agrelot, el inolvidable Bellas Artes de San Juan, Puerto Rico, la Quinta Vergara en Viña del Mar, el Campin en Bogotá, La Plaza de Toros cubierta de Monterrey, por mencionar algunos. Pero el Madison posee una mística incomparable, algo así como la meca para cualquier artista. ¡Uau! Me digo nuevamente. ¡Uau! ¡Mi primera oportunidad en el Madison Square Garden! ¡Mi primer concierto aquí! ¡Y cobrando! Hasta hace un tiempo hubiera pensado que tendría que pagar para cantar aquí. Me trae la radio de Raúl Alarcón padre, ese hombre apuesta por mí, se la juega y aquí está la respuesta. Es el año 1992.
La multitud, eufórica, aguarda los minutos finales antes que me toque salir a escena. Siento la misma adrenalina de aquellos días, de donde vengo, cuando a los catorce años tocaba en una pequeña iglesia de Maracaibo con mi grupo Scala, un intento de banda de rock. Claro, que por aquel entonces era el gordito baterista de lentes extraños, pelo largo y unos ridículos frenazos de bicicleta por bigote. En fin, un anónimo, un invisible, un seguro candidato a pertenecer al bando de los fracasados, de los que están pero que aún no se han enterado, de los que están pero aún no han llegado a ninguna parte. De esos que arriban a la fiesta pero nadie sabe cómo llegaron allí. Es más, no se notan en ella. De los que en lugar de vivir, transcurren.
Ahora que lo pienso, y estoy a punto de cantar en el Madison, se me ocurre que daría cualquier cosa por viajar al pasado y hablar con aquel niño que alguna vez fui. Le diría que no se preocupe por nada más que no sea crecer, que su vida estará resuelta mucho antes de lo que se imagina, pero sobre todas las cosas, le diría una frase que hace poco mi esposa Marlene me regaló grabada en una medalla: «Esto también pasará». Casualmente son las tres palabras que concluyen un largo debate, les cuento: En un cónclave de sabios, dijo el monarca que buscaba el resumen de toda la sabiduría del universo.
«Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo más sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión sabia y la escriban en un papel diminuto. Guardaré esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré el anillo y estoy seguro de que esa frase me ayudará en ese momento extremo», dijo aquel rey de la antigua leyenda. Lo que no imaginaba el monarca era que esa frase no sólo lo pondría a salvo en los momentos de mayor soledad y crisis, sino también cuando los aplausos de los cortesanos intentaran acariciar su ego y moverlo de su eje. En los oasis y las mesetas de la vida. En el Madison de Nueva York o en un bar de Maracaibo.
Hubiese dado cualquier cosa porque alguien me contara esa fantástica historia cuando fui mucho más joven. Claro, en esa época, aún no conocía a Dante, que es el amigo que me contó ese relato del que me he adueñado, para llevárselo y transmitírselo a cada una de las personas con las que me encuentro en mi diario transitar. «Esto también pasará» no sólo se ha convertido en la frase de mi medalla en el pecho, sino en la expresión que me mantiene vivo cada vez que creo que voy a morir, y me alerta cuando la debilidad se convierte en tentación.
De viajar al pasado hoy, no buscaría a nadie más, no hablaría con ninguno más, sólo trataría de ubicar a Ricardo, aquel niño de los lentes de aumento. Lo enfrentaría cara a cara y le diría algo así como: «Disfruta de la juventud que te queda por delante, vive cada instante que puedas, no te pierdas el ahora por preocuparte por el futuro. Todo va a salir bien, te lo prometo, tranquilo, no hay nada malo adelante. Finalmente vas a lograrlo».
De haberlo sabido, allá en Maracaibo, que todo aquello también pasaría, no me habría preocupado porque mi padre era calvo... siempre pensé que yo también heredaría la misma pelada. Ni porque mamá, una católica de las que se «golpeaban el pecho» —una beata— estaba sumida en el sufrimiento por un matrimonio venido a menos y a punto de estallar, no habría sufrido tanto por el doloroso divorcio de mis padres.
Desde que lo recuerdo, mi papá fue un hombre de gran oratoria y pragmático pensador de la escuela de la vida. Siempre se dijo ateo y peronista, un devoto incondicional del popular presidente argentino, el General Perón. Con esto último no existía mayor inconveniente, pero con eso de no creer en nada, o sea, hacerme la idea de que llegamos aquí, a la existencia, nos instalamos en el planeta tierra, venimos de un mono, nos trajo la cigüeña y de paso vivíamos en Maracaibo… algo de aquellos tiempos no terminaba de rimarme. Principalmente lo del mono, bastante tenía con la paranoia de la calvicie de mi padre, como para agregarle el temor de heredar alguna cualidad de un lejano bisabuelo simio.
Pero han pasado muchos años, antes de que la vida y la gracia divina me trajeran hasta uno de los escenarios de los espectáculos más imponentes del mundo. Y es justamente aquí, cuando una joven periodista extremadamente delgada, de cabello rubio rizado, me intercepta e intenta hacerme un par de preguntas en la puerta de los camerinos, antes de salir al escenario.
«Ricardo», dice amablemente, aunque percibo cierto nerviosismo —o quizás será mi manera de proyectar en ella tanta adrenalina antes de salir a un Madison que aguarda rugiente como león en celo— «tus producciones musicales ya alcanzan millones de copias, y estás a punto de brindar un concierto en el mítico Madison. ¿Crees que finalmente has llegado a la cima del cielo?» Casi no la oigo, el sonido de la multitud se hace ensordecedor. Me sonrió con su modo inusual de preguntar, utilizando a modo de metáfora una de mis canciones. La rubia periodista pertenecía al staff de CNN, sé que merece una respuesta, pero no puedo dársela en el tiempo que resta antes de cruzar el umbral que me dejará de pie ante el público. El bullicio se hace más ensordecedor aun, la atmósfera parece literalmente electrificada. Por alguna curiosa razón, todo pareciera moverse en cámara lenta. Se apagan las luces. Algunos seguidores de luz juegan con la gente que levanta las manos y aplauden en lo alto.
Aparece en pantalla un conteo regresivo, faltan segundos para que finalmente estalle el lugar y explote mi corazón. Estoy consciente de que no puedo responderle con un monosílabo, y mucho menos darle una receta de cómo llegar a la cima del cielo, como si se tratara de una pócima mágica o una dieta para adelgazar. «Es bastante complejo responderte eso ahora mismo y de manera concisa», le digo, mientras uno de mis asistentes me insiste en que ya debo alistarme para salir. La muchacha sonríe a mi pobre intento por darle una respuesta y agrega: «Cuando encuentres la respuesta, quizás deberías ponerlo en
un libro, ¿no?»
Y fue en ese momento, allá en el coliseo de la Gran Manzana donde lo consideré por primera vez. Mi primer libro, mi primer intento por contar una historia sin el límite de una canción de cuatro minutos. En esos implacables segundos de la cuenta regresiva supe que de hacerlo, debería comenzar con un génesis original y único. Algo así como un diario de viaje, como una bitácora de vuelo escribiendo una crónica de cada paso de fe que he dado en la vida, como un niño que acaba de arribar a una vida soñada. Como cualquiera de mis conciertos, debería tener un gran inicio y un final inesperado.
¿Cuánto puede importarles la manera en que comience este relato? ¿Les digo? ¡Hola, soy Ricardo! Y ahora les voy a contar cómo llegar a la cima del cielo, como si se tratara de una receta de esas que salen en los libros tan vendidos de mejoramiento personal, dándoles los pasos a seguir —como si yo me los supiera todos— como si mi ego sirviera de algo en un episodio de mi vida como este, tan gigante, tan importante y, al mismo tiempo, tan emocionalmente nuevo,
¡mi primer libro!
El cómo viví el momento más grande de mi historia. Busco un comienzo impresionante y explosivo o simplemente dejo fluir la pluma tratando de alcanzar mi pensamiento, queriendo mi mano ser más ágil que mi conciencia y que mi memoria. No temáis por mí, guitarra mía, que mi salida abrupta al escondite de estas páginas será corta, cortísima, tanto como una canción aún no empezada, tanto como una bordona rota y vuelta a remendar, como el andar que no se ha andado. Sí, mi emoción es más honda que el Atlántico, y esta emoción de descubrirme ante los ojos del mundo es la misma del niño enamorado de su maestra de tercero y de su compañera de quinto. Estoy repleto. Canto a capela, en el auto, en el baño, en el ascensor lleno y suelto lágrimas.
¿Cómo contar en un cuento cómo nací de nuevo, que nací otra vez, sin saber aún que estaba muerto? Que dos rodillas me bastaron para postrarme ante el universo mismo, ante el Guardián de mis días y mis noches, de mis ahora en adelante. Ante el Dueño del control remoto de mi libre albedrío. Ahora así, salgo al escenario, suenan los primeros acordes que apenas escucho por el sonido de la multitud. Son unas miles de caras, pero parecen millones. Ya no me interesa vivir pensando como cuando vivía en Maracaibo, que la felicidad absoluta llegaría el viernes en la noche o el sábado por la tarde. O en el verano o en la primavera. O una vez que grabe un nuevo disco o cuando viaje a aquel país desconocido. O cuando gane otro premio, cuando crezcan mis hijos o cuando me pare ante una nueva multitud.
La felicidad no es un destino, es un trayecto. La cima del cielo, paradójicamente, no es el lugar que uno escala en un buen día, sino un camino que vamos transitando de a poquito, con los pequeños fragmentos del hoy.
No he vuelto a saber de aquella periodista, no sé si aún lo sigue siendo, no sé dónde habrá ido a parar, es más no sé si me recuerda, pero yo sí. Este libro posiblemente se lo debo a ella. Probablemente se vería reflejada si leyera estas líneas, pero lo relevante de todo esto es que en medio de la bulla más grande se puede sentir el silencio más absoluto para saber cuando algo importante de tu vida se puede estar gestando en el momento que menos te lo imaginas. Este libro es tal vez una aventura pero qué más da, si de ello he vivido. No he vuelto a ver a aquella joven periodista desde entonces. Pero si volviera a encontrarla en algún momento de la vida, le diría que ya tengo una respuesta para aquella pregunta casi inoportuna: «No he llegado a la cima del cielo, transito por ella a diario».

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